Es una enfermedad que se caracteriza por unos niveles elevados de glucosa en sangre. La normalidad se encuentra en unos valores entre 70 y 110 mg/dl en ayunas e inferior a 180 mg/dl en el resto de ocasiones, denominándose glucosa basal.
Básicamente se pueden diagnosticar cuatro tipos:
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Diabetes Mellitus Tipo 1: aparece normalmente a una edad temprana hasta antes de los 30 años, predominantemente en varones y es cuando no se produce nada de insulina, dependiendo de un tratamiento con insulina externa a la producida por el cuerpo. Existe un factor inmunológico y en algunos casos puede ser hereditaria, raramente asociada a otras enfermedades.
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Diabetes Mellitus Tipo 2: aparece normalmente en personas adultas (después de los 30 años) y de tercera edad, predominantemente mujeres, asociado a obesidad. Son los pacientes que producen insulina pero no de manera adecuada, en cantidad suficiente o que tienen resistencia a la insulina. Su tratamiento se basa en dietas, antidiabéticos orales administrados en pastillas (normalmente durante los primeros años) o insulina. Los factores inmunológicos están ausentes y casi siempre están asociada a herencia familia y a otras enfermedades.

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Diabetes gestacional: surge durante el embarazo, pudiéndose tratar con dieta o con insulina durante esta etapa. Del 50 a 60 % de los casos desaparece después del parto. Si se produjo diabetes gestacional, la persona afectada debe vigilarse periódicamente, porque los síntomas pueden desaparecer muchos años después.
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Pre-diabetes: personas que todavía no la han desarrollado, pero manifiestan un riesgo elevado de padecerla. Esto se puede deber al historial medico familiar (herencia de una predisposición), a la raza (mayor incidencia entre hispanos, afro-americanos e indígenas americanos), personas obesas con historia de hipertensión, mujeres que hayan tenido diabetes gestacional durante el embarazo o que hayan tenido niños con peso de más de 4 Kg.
La glucosa es la principal fuente de energía del cuerpo, aportando a las células la energía necesaria para estar en activo, mantener las funciones vitales (el latido del corazón, la respiración, los movimientos digestivos, musculares, la temperatura corporal…). Entra en el organismo a través de los alimentos y con la digestión, se pone en marcha una cadena de transformaciones químicas que convierte los alimentos en nutrientes y estos en elementos más pequeños, que al llegar al intestino delgado son absorbidos, de manera que la glucosa pasa a la sangre, siendo transportada hasta el hígado (glucosa de reserva) y al cerebro y resto de células corporales. Para la entrada de la glucosa en las células es necesaria la intervención de la insulina, una hormona producida por las células beta del páncreas. Solo el cerebro y las células nerviosas no requieren de la insulina, recibiendo la glucosa directamente del torrente sanguíneo.
La insulina tiene un efecto hipoglucemiante, es decir baja los niveles de glucosa en sangre, al contrario que el glucagón otra hormona secretada igualmente por el páncreas pero con efecto hiperglucemiante (hace subir los niveles de glucosa en la sangre).

Cuando se produce una deficiencia en la secreción de insulina por el cuerpo humano, se recurre a su administración de forma externa, bien a través de antidiabéticos orales (pastillas) que actúan mejorando la sensibilidad periférica a la insulina, facilitando la producción de insulina por las células beta del páncreas, y retardando la absorción de glucosa en el intestino (Diabetes Mellitus Tipo 2) o bien a través de tratamientos intensivos con múltiples dosis de insulina, hoy de producción humana mediante ingeniería genética, que supone una mejora sustancial en el pronóstico de la diabetes y en las expectativas razonables de los diabéticos insulinodependientes.
Cuando el nivel de glucemia está por debajo de 55 mg/dl, estamos hablando de una hipoglucemia que se manifiesta, generalmente, por sudoración, debilidad, palidez, sensación de hambre, mareo, temblores y nerviosismo, palpitaciones y alteraciones del comportamiento (normalmente irritabilidad). De no tratarse a tiempo los síntomas continuarán con visión borrosa, dificultad para hablar, confusión mental y finalmente, pérdida del conocimiento, conocido como coma hipoglucémico. Para contrarrestar los efectos hipoglucémicos, se producen unas respuestas naturales del organismo, con la elevación de hormonas tales como la adrenalina, el glucagón, el cortisol, entre otras, cuyo objetivo final es movilizar las reservas de glucosa hepáticas, así como la necesidad de una acción efectiva por parte del diabético, antes de la perdida de conciencia, consistente en ingerir glucosa (terrones de azúcar, zumos, productos azucarados, etc.), debiendo remitir los efectos

en breve espacio de tiempo (5-10 minutos). Una vez producida la perdida de conciencia, se requiere la inyección de una ampolla de glucagón por vía subcutánea o intramuscular (con efecto en unos 10 minutos). Si no se recupera la conciencia es necesaria la intervención médica inmediata. En cualquiera de los casos, con pérdida de conciencia es necesaria una revisión médica. Las hipoglucemias se pueden evitar con una dieta equilibrada y un control de medicamentos antidiabéticos adecuado.
Cuando el nivel de glucemia está por encima de 110 mg/dl, estamos hablando de hiperglucemia, que puede ser de dos tipos: la hiperglucemia brusca o aguda y la hiperglucemia sostenida o crónica. El primer tipo se caracteriza porque en pocos días la glucemia llega a valores de 250 mg/dl, o más. Sus síntomas más característicos son ganas de orinar con frecuencia, micciones muy largas (poliuria), hambre (polifagia), sed (polidipsia), fatiga, aliento y orina con olor a acetona, infecciones repetidas y heridas que no curan con facilidad. A ello se añaden niveles de glucemia altos, glucosuria alta (presencia de glucosa en orina) y cetonuria (presencia de acetona en orina) también alta. Si la glucosuria y la cetonuria altas persisten hay un riesgo importante de descompensación diabética, manifestándose nauseas y vómitos, sustitución del hambre por inapetencia y mayor sensación de fatiga. Estos síntomas también pueden ser la primera señal de que existe una diabetes en pacientes no diagnosticados todavía. El segundo tipo se caracteriza porque los niveles

de glucemia están permanentemente altos (aunque no sea con cifras muy elevadas), provocando daños en los vasos sanguíneos y los nervios encargados de la sensibilidad, terminando con los años en enfermedad vascular (vasculopatía, como infartos o embolias) y neurológica (neuropatía diabética, consistente en una alteración de los nervios periféricos y/o del sistema nervioso autónomo debido a hiperglucemia crónica, siendo sus síntomas más comunes la disminución de la sensibilidad de la piel, hormigueos, calambres, vejiga hipotónica e hipertensión arterial al pararse). También es la principal causa de ceguera, fallo renal y amputaciones no traumáticas.
El mejor regulador de los niveles de glucemia en el diabético es este mismo. Para ello existen una serie de pruebas analíticas a realizarse:
En sangre: por el propio diabético a través unas tiras reactivas y un reflectómetro o medidor al que se le suministra sangre mediante una punción en el dedo, siendo una técnica muy sencilla a realizar en casa y muy fiable y que realizará antes de comer y dos horas después de comer, midiéndolo periódicamente según determine su médico. También

establecidas por el médico, mediante analíticas practicadas en laboratorios de análisis clínicos, que miden la glucosa que hay en el suero, no en la sangre total, dando un resultado ligeramente superior al de la glucemia capilar en ayunas y similar en determinaciones después de comidas. En estas mismas analíticas también se valora la hemoglobina glicosilada, que refleja la glucemia media durante un periodo aproximado de 3 meses previos a la fecha de la analítica.
En orina: se debe medir tanto la “glucosuria” en casa con tiras reactivas que se colorean en diferentes rangos con la presencia de glucosa en la orina, donde no debe aparecer, de manera que si el análisis de glucosuria es positivo nos indica que la glucemia es superior al dintel renal (es decir, por encima de la cantidad de glucosa que puede pasar por el riñón antes de que éste empiece a eliminarla por la orina), como medir también la “cetonuria”, medida en casa con tiras reactivas que se colorean con la presencia de acetona en la orina, siendo su existencia una señal de alerta y de un control deficiente de la diabetes.
El diabético, para un mejor control de su glucemia requiere adaptar los horarios de inyección y comidas, respetando los intervalos entre estas, así como organizar los menús para repartir los alimentos que contienen hidratos de carbono entre las diferentes comidas a lo largo del día, haciendo una ingesta mayor de estos previo a la realización de un ejercicio físico inusual. Para ello un estudio de los autoanálisis que debe realizarse el paciente diabético resultara fundamental en la gestión y control de su diabetes.

La prevención en personas con susceptibilidad a padecer diabetes pasa por tener un estilo de vida saludable. Una dieta equilibrada y ejercicio físico son las principales maneras de evitar que la diabetes se presente, especialmente en los pacientes que tienen este riesgo. También existen medicamentos que se pueden usar para prevenir. La dieta equilibrada implica que se puede comer carbohidratos, proteínas y grasas, en la medida apropiada. Ello implica un mayor consumo de vegetales y fruta que de carbohidratos. Con respecto a los dulces, el paciente diabético requiere limitar su consumo, siendo conveniente escoger frutas o gelatinas bajas en azúcares. En cuanto al alcohol no es aconsejable. Ingerido en ayunas, puede provocar hipoglucemia severa e ingerido con alimentos aumenta extraordinariamente la ingestión de calorías, favorece la hiperglucemia y el aumento de peso. En cuanto a los productos dietéticos no todos son apropiados para diabéticos, etiquetándose como dietéticos productos bajos en grasas, ricos en fibra y productos que eliminan la harina de trigo, pero que contienen otras harinas. Incluso alimentos etiquetados “sin azúcar” pueden contener otros azúcares o ingredientes no convenientes. Conviene consultar con el especialista médico o nutricionista antes de comprar uno de esos productos.

El futuro de los tratamientos de la diabetes es prometedor. Investigadores de empresas públicas y la industria privada farmacéutica se afanan en encontrar indicadores de predicción más fiables, generalizables y de bajo coste para el diagnóstico precoz de la diabetes Mellitus Tipo 1; fármacos más eficaces y de fácil manejo que permitan imitar, con gran precisión, el perfil de secreción interna de insulina a lo largo de todo el día; nuevos productos que puedan sustituir a la insulina, administrados por vías alternativas (oral, nasal, inhalados, a través de la piel,... pero no inyectados);productos con una mayor efectividad, dosis más reducidas, carentes de efectos secundarios y de coste más reducido, todos ellos con una disposición en sangre inmediata a su administración en cantidad y tiempo de acción suficiente o, también, la forma de evitar daños en las células beta del páncreas o la sustitución de las células dañadas (mediante implantes y trasplantes). El estudio más reciente publicado en el mes de abril por MedlinePlus, es el desarrollo por la Universidad de Cambridge de un páncreas artificial, también conocido como sistema de circuito cerrado o sistema cerrado de distribución, que combina la tecnología existente para la gestión de la diabetes, las bombas de insulina y monitores continuos de glucosa, con un sofisticado algoritmo computarizado que le indica a estos dispositivos lo que se debe hacer cuando los niveles de glucemia aumentan o se reducen.

El futuro en la administración de la insulina es también prometedor. En la actualidad se utilizan jeringas precargadas y desechables con agujas forradas con un micromaterial deslizante, ultrafinas, del grosor de un cabello, que por la apariencia que tienen se las denomina "bolígrafos" (ver fotografía derecha). Otra forma de administrar la insulina son las bombas externas de perfusión continua de insulina subcutánea, que ya están siendo utilizadas, aunque sólo están indicadas para casos muy concretos. Todavía las bombas implantables se encuentran en experimentación y perfeccionamiento para su uso generalizado. Los objetivos perseguidos con estos adelantos son minimizar el riesgo de contaminación (por la escasa manipulación); garantizar la profundidad adecuada de inyección al tener la misma distancia todas las agujas; maximizar la exactitud de la dosis, sea cual sea ésta y evitar daños en la piel y los tejidos, además de minimizar el dolor, dado el escaso grosor de las agujas.